Columnas de Opinión Estudiantes del Diplomado Género y Violencia – La violencia desde lo simbólico y lo privado

El Diplomado de Extensión Género y Violencia es un programa que comenzó a impartirse como Curso de Especialización el año 2010, debido al creciente interés por abordar ambas temáticas desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria. El 2013, este curso se consagró en un Diplomado de Extensión, teniendo sólo 12 estudiantes. Este año (2016), 28 estudiantes de diferentes áreas profesionales cursan el diplomado, demostrando que la violencia analizada desde la perspectiva de género es una temática crucial para la transformación de la sociedad hacia relaciones éticas, igualitarias e inclusivas de género.

Como parte de sus actividades de evaluación, los y las estudiantes realizan trabajos escritos de análisis y reflexión crítica sobre los temas trabajados en clases. Esta semana publicaremos algunas de sus columnas de opinión, en donde reflexionaron en un tema de elección personal. 


Trabajo doméstico: un problema de género.

Por Evelyn Chaparro

El trabajo doméstico en Chile y en Latinoamérica tiene sus orígenes en una tradición cultural, social y económica en la sociedad, es por ello que es una actividad realizada principalmente por mujeres, la cual se ha ido entramando a la par con la estructura de género y sus relaciones de poder, en donde existe una subordinación por parte de las mujeres en relación con los hombres sostenida a través del sistema patriarcal.

De ahí que el trabajo doméstico ha sido históricamente visto como un trabajo reproductivo y no productivo. Atribuyendo esta característica justamente por la condición reproductiva de las mujeres, donde pareciera que los temas de la mujer se limitan a su corporalidad. Nace así su confinamiento al dominio de lo doméstico, en donde permanece a cargo de la crianza de los niños y la reproducción cotidiana. Esta cercanía de la mujer al ámbito doméstico hace que la esfera de sus actividades se mueva en relaciones intra e interfamiliares, en oposición al hombre que se mueve en el dominio público y político de la vida social (Montecino; 1997).

¿Pero qué caracteriza al trabajo doméstico por sobre otros tipos de trabajos formales desempeñados por mujeres?

Lo primero que caracteriza el trabajo domestico frente a cualquier otro tipo de trabajo formal es que el Código del Trabajo lo tomó durante mucho tiempo como un trabajo “especial” debido a la naturaleza de este, ya que era realizado en el espacio íntimo del hogar de quien fuera su empleador/a , mismo lugar que eventualmente podría vivir la trabajadora. La no regularización de este trabajo al no tener contrato, ni una jornada laboral establecida, ni conocer las labores que se deben desempeñar expuso a las mujeres a una total desprotección de sus derechos como trabajadoras y las discriminaba en comparación a otras trabajadoras y trabajadores.

Lo más común es que quienes prestan servicio doméstico sean las únicas personas que trabajen en las casas, por lo tanto crea una situación de mayor temor a la hora de denunciar en caso de sufrir algún abuso por parte de su o sus empleadores/as. Dado esto, es que fue clave la organización por parte de las trabajadoras, que quienes gracias al aporte de los movimientos feministas comenzaron a tener un rol más político, a través de la representación de lo que hoy conocemos como Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular. Este sindicato logró que el Gobierno firmará el Convenio 189 de la OIT en el 2013, comprometiéndose a incorporar las demandas laborales de este rubro, culminando más tarde en el 2015 con la promulgación de la Ley 20.336 de Trabajadores de Casa Particular, regulando así sus principales demandas (jornada laboral; alimentación y alojamiento; descanso semanal; y uniformes).

Otra característica importante de analizar es que al ver el trabajo doméstico como una labor únicamente reproductiva y remirarlo como una labor productiva posiciona a la mujer a un “doble rol”, considerando que cuando la mujer se incorpora al trabajo, esta no deja de preocuparse y ocuparse de las tareas del hogar.

La dificultad de compaginar la vida familiar y laboral lleva a que las personas que contratan a las trabajadoras de casa particular sean mayoritariamente otras mujeres, que trabajan y que pertenecen a otra clase social. Esto es lo curioso, que pese a que la mujer salga a trabajar no busca como solución para compatibilizar la vida laboral y familiar, redistribuir las labores propias de hogar, sino que busca a otra mujer para que lo haga. Se podría decir, que la mujer da un paso a su desarrollo personal y económico, pero no es capaz de negociar con el hombre un intercambio de roles de género, pero sí experimenta un cambio en las posiciones de poder. Como lo señala Montecino, es ahí donde surge la idea de posicionamiento dando el siguiente ejemplo: una mujer de algún país latinoamericano, profesional de clase media, casada, atravesará por distintas posiciones en un mismo día: puede estar en una relación de subordinación con su esposo; pero de superioridad frente a su empleada doméstica; luego, en el trabajo está en un posición superior a la del estafeta y el secretario; en igualdad con sus pares y en subordinación con su jefe, etc.

No se puede dejar de mencionar sobre el trabajo doméstico como este está marcado por “la clase”. En este contexto, este tipo de trabajo es realizado por mujeres de sectores más vulnerados, migrantes de campo-ciudad y/o extranjeras. Poder acceder a una fuente laboral de manera rápida que no exija especialización, hacen del trabajo doméstico una llamativa oferta laboral, especialmente porque a diferencia de otro rubro, este se da en la esfera privada de una familia y, a veces, en el mismo lugar donde habita la trabajadora.

Las trabajadoras de casa particular, según la OIT, generalmente son migrantes que vienen ya sea del Sur de Chile o de otros países, dato no menos importante, ya que el trabajo doméstico es un trabajo que esta segmentado de manera importante según la nacionalidad, sobretodo en países como Chile donde más de la mitad de las trabajadoras de casa particular son de nacionalidad peruana. Según la OIT, las trabajadoras de casa particular peruanas a diferencia de sus pares chilenas, tienen más educación formal y están más preparadas para desempeñarse en otros rubros, pero al llegar a Chile se ven expuestas a las mismas condiciones que las mujeres chilenas: bajos salarios y discriminación, e inclusive experimentan una brecha más amplia que con sus pares hombres, de lo que ocurría en su propio país.

Es importante también reflexionar sobre como el Estado a través de sus organismos, ha ejercido y sigue ejerciendo una violencia simbólica sobre el trabajo doméstico en sí y sobre las mujeres que lo desarrollan. Las prácticas que han contextualizado este rubro, forma parte del esquema asimétrico de poder, caracterizado por los roles sociales y de género; siendo invisibilizado en la sociedad. Sin embargo, esta invisibilización duró hasta que fueron las propias mujeres quienes -quizás sin saber- quisieron dejar de ser víctimas de este sistema patriarcal que constantemente las violenta primero por ser mujeres, luego por el trabajo que desarrollan y luego por ser pobres.

A propósito de esto me planteo las siguientes interrogantes ¿Qué le falta al Estado para ser garante de derechos para todas y todos los trabajadores? ¿Habrán otros sectores que aún se encuentran invibilizados y en los que también se transversaliza el género, la clase social, el trabajo y/o etnia?

Me parece además que cuando cualquier problemática social esta cruzada por el género, es imposible pensar que cualquier detalle, por mínimo que sea, deje de ser relevante. Y es así como, a mi juicio, debemos modificar nuestra forma de hablar en lo relacionado al trabajo doméstico, ya que como es sabido, “el lenguaje crea realidad”. Debido a esto, unas de las principales demandas que las agrupaciones sindicales de este sector han puesto en la palestra, es que sean reconocidas como trabajadoras y dejar de nombrarlas como “nanas” o “asesoras del hogar”, para simplemente llamarlas “trabajadoras de casa particular”.

Por otra parte y dejando en claro que el trabajo doméstico es una actividad donde mayoritariamente son mujeres las que trabajan, se puede reconocer que los rubros altamente feminizados se encuentran en una situación de vulneración distinta –generalmente más baja – a la de los sectores altamente masculinizados. Si sumado a eso, pertenecen a los sectores más vulnerados económicamente de la sociedad o pertenecen a algún pueblo originario, esta situación se ve aún más precarizada.

En conclusión, está claro que en el trabajo doméstico existe la intersección del género, clase social y nacionalidad ubicando a las mujeres in-migrantes en los niveles más bajos del mercado laboral, lo que la hace mano de obra barata y lo que la deja ausente sobre los debates económicos. No se trata que haya más leyes a “favor de la mujer” sino que las leyes sean más justas para todas y todos, sin importar el espacio donde se lleva a cabo su trabajo. Es por esta razón, que el debate en los temas que deben trabajar las políticas públicas en lo económico, social y cultural debe ir hacia un enfoque de igualdad de derechos y de inclusión, donde la diversidad étnica aporte al debate y no se vaya desplazando como hasta ahora ha ido ocurriendo.


La violencia contra las mujeres considerada como un asunto doméstico y privado. 

Por María José Wilson

La ley que protege la violencia en Chile, es la ley número 20.066, llamada ley de Violencia Intrafamiliar (VIF), de solo nombrarla se me viene a la mente una pregunta ¿no existe violencia fuera del ámbito familiar?, es decir ¿la violencia hacia las mujeres solo podemos visibilizarla o condenarla en asuntos privados?. Así las cosas, la ley circunscribe a la mujer dentro de un ámbito privado, de relaciones de familia, invisibilizando que la violencia contra las mujeres tiene como base dominar a una mujer que se sale de lo socialmente impuesto, lo que tiene lugar en los distintos espacios donde se desenvuelven: en lo laboral, en la salud, en la educación, en las mismas calles y en todo espacio público. En este sentido el Estado no está garantizando a las mujeres ser sujetos libres de violencia en todos los ámbitos.

Desde el trabajo que realizo diariamente en un dispositivo Centro de la Mujer con profesionales en la línea de atención, trabajadores sociales, psicólogos y también en línea de prevención, he podido no solo observar sino atender a mujeres que llegan relatando hechos de violencia, pero que a la luz de la ley se encuentran totalmente excluidas, mujeres que se encuentran en una total desigualdad. ¿Cuál es la razón? Son mujeres que por ejemplo, no han convivido con el agresor, o no tienen un hijo o hija en común, o mujeres que son hostigadas diariamente o acosadas por un hombre que no tienen un vínculo afectivo, y por tanto no se encuentra dentro de los términos que encuadra la ley para ser sujeto de una denuncia, existe una desprotección por el hecho de no poder ejercer acciones legales, y esto provoca, frustración, impotencia, vulnerabilidad y vuelve a situarlas en una doble victimización, donde además de sufrir violencia por parte de un tercero, son violentadas por el sistema.

En virtud de este problema, la Convención de Belem Do Para hace presente y deja claro que las mujeres viven violencia en lo público y lo privado. Ahí se habla de que las mujeres vivimos violencia por el simple hecho de ser mujeres.

Por otro lado, según la definición obtenida en la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la violencia de género es “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública o privada”.

No estamos siendo capaces de crear conciencia de la realidad de la violencia contra las mujeres, ni tampoco estamos aplicando en la propia ley lo que se está visibilizando tanto en lo privado como en lo público, existe una incapacidad institucional de modificar no solo el fondo de la ley sino también las formas, porque al encuadrar la violencia hacia la mujer en el ámbito privado, llamándola “violencia intrafamiliar” estamos construyendo un lenguaje y naturalizando la violencia solo en este contexto.

Judith Butler en “Marcos de Guerra: vidas lloradas”, nos dice: “Una vida concreta no puede aprehenderse como dañada o perdida si antes no es aprehendida como viva. Si ciertas vidas no se califican como vidas o, desde el principio, no son concebibles como vidas dentro de ciertos marcos epistemológicos, tales vidas nunca se considerará ni vividas ni perdidas en el sentido pleno de ambas palabras”. Mientras la vida de las mujeres sea concebida como lo es, mientras no se la considere como un sujeto de derecho en todo ámbito, seguirá invisibilizada la violencia que sufre en lo cotidiano.

Necesitamos ampliar la concepción en la sociedad de la violencia hacia la mujer, hoy solo estamos visualizándola en una sociedad patriarcal, la cual las sitúa en un lugar, en una intervención concreta y privada, que solo permite al Estado hacerse parte de aquella violencia que ocurre en un contexto intrafamiliar y entre cuatro paredes. No se está contemplando ni una protección, ni un ejercicio de acciones legales de la violencia hacia la mujer en lo público, el Estado no se está haciendo responsable, ni en lo legal, ni en la educación, ni economía y menos en la política.

Por tanto, puedo concluir que la violencia hacia las mujeres sigue siendo considerada como un asunto entre privados, no basta una ley VIF, ni una ley de femicidio, falta leyes que respondan en forma integral no solo a la violencia contra las mujeres, sino a la violencia de género, y no solo a las mujeres mayores de edad, sino a toda mujer cualquiera sea su edad, ámbito en que se desarrolle, y a toda forma de violencia.

Actualmente existe un proyecto de ley contra el acoso sexual callejero, que tiene como objeto, contribuir a erradicar las prácticas de acoso sexual callejero que experimentan mujeres, hombres, niñas y niños en Chile y plantea la importancia de reconocer el acoso sexual callejero como un tipo de violencia, sin embargo no se está plasmando en su totalidad un verdadero compromiso por parte del Estado en la erradicación de la violencia contra las mujeres.


La Mujer envuelta en Violencia.

Por Jhoanna Castillo

Desde el inicio de la Historia, la figura cosmogénica central, la fuerza procreadora, la causante del pecado mortal, que nace de una costilla del hombre, estaba personalizado por una representación mujer, simbolizado detalladamente por una figura delgada, senos, vientre, nalgas, con un agujero entre las piernas (vulva) con un útero fértil del que nacerían todos para cuidar, proteger y regenerar el mundo. La descripción de una “Gran Mujer”.

Un discurso que marca el inicio de un Sistema Patriarcal que regiría la vida y proyección del género femenino. La época posmoderna se ha caracterizado como una sociedad donde la muerte y la violencia se convierten en un hecho cotidiano, o como bien refiere Rita Segato, “normalizado y naturalizado” con el que se convive día tras día con resignación y dolor. Si leemos la biblia o la historia de la ciencia, o las relatos antiguos de “quema de brujas” o si solo mencionamos lo que expresaba Foucault en “Vigilar y Castigar” sobre el espectáculo popular que eran ejecuciones en la plaza del pueblo medieval, nos encontramos con claras escenas de Violencia que bien parecen sacados de una película de terror.

Pero si nos situamos en la actualidad, “Las cifras recientes de la prevalencia mundial indican que alrededor de una de cada tres (35%) mujeres en el mundo han sufrido violencia física y/o sexual de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida” estadísticas que evidencian que la violencia doméstica es el claro ejemplo de discriminación contra la mujer, ya que su origen es la jerarquía propia del patriarcado con una total subordinación de la mujer. En Chile, sólo desde 1991 la violencia es reconocida y abordada como un problema público.

Sobre la Violencia Sexual que es una visión detallada del patriarcado al tomar la dominación total del cuerpo. Rita Segato mencionaba “La Violación no puede visualizarse, porque la experiencia, tanto físico como psicológico es INTERNA, la violación ocurre DENTRO” a ese cuerpo femenino sexuado, que es condenado a constantes torturas, mutilación de su poder y aniquilamiento de su voluntad, donde cada proceso de dominio es un sumado a la representación de poder del hombre, que además lo sigue instaurando y ratificando en la norma, en un sistema donde la mujer sólo es un territorio de posesión y sufrimiento.

En este contexto no es difícil poder imaginar que esta violencia moral, física y psicológica en todos los casos, (exceptuando casos puntuales relacionados a altos estatus económicos de las victimas) eran desapercibidos, ignorados e invisibilizados. Y es que la violencia procede del establecimiento del concepto y de la idea de la mujer como inferior y como propiedad del hombre, a los que deben respeto y obediencia donde se refuerza el discurso religioso que nos presentan como malas, pecadoras y peligrosas, donde además se hace evidente una forma de castigo “preventiva” y “correctiva” para la mujer, con la única razón de pertenecer al sistema heterogénero establecido como “aceptado”.

Segato explicaba que la impunidad “lejos de ser la causa del crimen, es su consecuencia, pues la cofradía sella su pacto de silencio y lealtad con el cuerpo profanado en complicidad” la razón seria acreditar a los cofrades para el ingreso y permanencia en el orden de los pares. Es decir, formas específicas de legitimación, basadas no en su condición de persona sino de cuerpo de mujer. Esta legitimación nos muestra la violencia estructural que ejerce el Estado, el que además está transversalizado por el contexto simbólico que se tiene sobre la feminidad, la falta de objetividad en las investigaciones, la ineficiencia e impunidad, falta de sensibilidad y sobretodo carentes de conocimientos sobre la violencia de género.

A medida que las sociedades avanzan, con ello el crecimiento de un sistema patriarcal que toma más valor con nuevas formas de vulnerabilidad del cuerpo de la mujer, con más escenas de películas de terror, casos como el de Nabila Rifo, una joven a la cual su pareja le saco los ojos, los femicidios que ocurren anualmente, los frustrados y las miles de mujeres violadas y victimizadas que acuden a los centros de la Mujer. Entonces, si unimos el discurso tradicional de la biblia y la iglesia, con el discurso científico, observamos que desde todas las perspectivas ideológicas ha estado y está justificada la violencia. Lo que se tiene claro es que sólo un sujeto a quien se reconoce plena autonomía puede ser golpeado y violado “contra su voluntad”, contra su consentimiento, asumiendo entonces que la mujer se encuentra ubicada en una situación de total indefensión y desprotección del Estado.

La realidad nos lleva al análisis y nos presenta el escenario de la indefensión y vulnerabilidad en la que vivimos las mujeres, la principal dificultad es que la violencia de género esta “invisibilizada”, otro aspecto importante es la impunidad con la que el Estado entiende el delito, la falta. Existe la marginalización, la falta de parcialidad, la justificación hacia estas prácticas violencias contra la mujer y el retardo procesal que está tipificado como otra forma de violencia. Otro factor en contra es la resistencia al cambio que presenta una sociedad – Estado con miedo a perder su inequívoco poder.

Lo cierto es que es el momento de la revisión de nuestras representaciones sociosimbólicas, buscar y descubrir nuevas formas de nombrar y clasificar el mundo, de des-conocer, de des-aprender para poder resignificar desde nuestra lucha interna el lugar que ocupamos en el mundo, crear leyes específicas que resguarden una vida sin tortura para todas las mujeres. Lo que tenemos es que colocar en un signo de interrogación a todas las exclamaciones que hemos aprendido desde pequeñas. ¡Los hombres son más fuertes! ¿Por qué los hombres son más fuertes? ¡Las mujeres somos débiles! ¿En serio somos débiles?

Para construir el futuro de la mujer, se requiere que el principio de la feminidad, que por tanto tiempo ha sido negado, degradado y subordinado en ambos, tanto en nuestros sistemas de creencias como en nuestras vidas, sea RE- ESTABLECIDO en su lugar correcto. La lucha no es a la libertad de hacer lo que queramos, la lucha es contra todo tipo de REPRESIÓN en la que vivimos las mujeres.

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